martes 28 de febrero de 2012

Mi confianza en ti (en vosotros)




Pequeño homenaje con esta sencilla, pero maravillosa canción, a los tres amores de mi vida ; mi padre, mi hermana, y mi novio,esposo ,amigo y compañero, Raúl. Gracias por estar siempre a mi lado, por darle valor a mi vida con vuestra compañía, por los momentos buenos, por empequeñecer los malos, por vuestra fe en mi, por cada abrazo que he necesitado y tenido. Porque sois toda mi vida y moriría por vosotros. OS AMO.

"Mi confianza", Luz Casal.

Si un día perdiera
mi calma y mi paz
tu sabrías qué hacer
y cómo ayudar.
Si perdiera la fé
tendría en tí
algo en lo que creer.

Pongo mi confianza en tí,
tu no me dejarás,
nunca me traicionarás,
dos impulsos y un solo ser
haciéndome pensar
que puedo mantenerme en pie,
nunca perderé mi confianza en ti,
nunca perderé mi confianza en ti.

Tu aliento me llevó
al abrigo del mal,
lejos de la traición,
de tanta falsedad,
el tiempo inútil y gris
no inyectará
nunca su veneno mortal...

Pongo mi confianza en tí,
tú no me dejarás
y tienes tanto que decir,
dos impulsos y un solo ser
haciéndome creer
que puedo mantenerme en pie.

Nunca perderé mi confianza en ti. 

 

jueves 16 de febrero de 2012

Poesía.





No lo dije, porque no tenía valor, porque no puedes decir algo así a una persona a la que acabas de conocer.
No lo dije, pero juro que lo pensé, que la certeza me atravesó el costado como la lanza de Longinos, y sentí la punzada de la carne desgarrada por la sorpresa.
El placer de algo tan pequeño como un café compartido, un hecho cotidiano refulgiendo con toda la luz que envuelve a las cosas más emocionantes. Y el engranaje del cuerpo que la vida envejeció prematuramente, cargado de óxido y polvo, de mugre acumulada por el paso del tiempo, empieza a girar, trabajosamente y tropezando, pero funcionando, removiendo, al fin y al cabo, todo lo que llevaba quieto demasiado tiempo.
El no me dijo : "Lázaro, sal fuera ", pero igual que Lázaro me levanté de entre los muertos al verme reconocida, reflejada en esos ojos de barro que prometían la vida.
Yo no dije que iba a ser ese gran amor con el que todos soñamos, mi compañero, mi guía, pero lo pensé, y mi sonrisa callada, complice del pensamiento, me reafirmaba en mi locura.
No le conté que cada paso de mi camino, errado o no, me dirigía hacia su puerta. Y él no me dijo que en mis ojos había encontrado el mar que había perdido hacía ya tanto tiempo.
Apenas abrimos la boca en esa noche de verano en que las almas se dijeron tantas cosas a través de los cuerpos, casi virgenes, que descubrían y entendían por vez primera lo que significa hacer el amor, a través de las manos que llegaron a los confines de nuestros universos, a través de esa boca en la que encontré esperandonos el sabor, no de mi saliva, ni de la suya, sino el de ambas mezcladas, y me supo a cielo, a tierra, a fuego.
No nos dijimos casi nada, absortos el uno en el otro, y hoy, tiempo después, nos deshacemos en palabras mientras seguimos sorprendiendonos con la mirada del otro.
No se lo dije, y se lo digo hoy, pulverizadas ya las barreras de verguenza que apenas existieron entre nosotros. Que no había sido feliz hasta que me topé con él. Que los sueños en los que no creía se hacen tangibles a la sombra de su cuerpo.
La niña que bulle en mis entrañas, deseando la vida, el sueño de nuestras sangres anudadas, de las células y los genes mezclados creando un ser perfecto y nuestro, el compendio entre él y yo, la culminación del paraiso, aún sin voz, tampoco lo dice, pero ambas sabemos que estamos ante nuestro salvador, el único dios en que he creido.
Los días, que antaño se apilaban unos sobre otros creando un muro de miedo en torno a mi, ahora son celebraciones por su parada en mi vida. Porque a veces, si, las recompensas llegan, y yo bendigo el dolor, las heridas, el fango en el que he nadado, sabiendo que quizá, si una sola cosa hubiera sido diferente, no habría arribado a la tierra firme de su cuerpo en mi tormenta.
Tantas cosas que no dije por temor a decir, y hoy no encuentro las palabras para expresarme, para regalarle.
Las letras se me han quedado cortas. Por eso existe la poesía, que tanto ama. Para eso existen los poetas, como él. Para que personas como yo observen que los sueños , la magia, la vida, pueden dibujarse con palabras, acercarnos a la definición más exacta de aquellas cosas, de esos sentimientos que por inverosímiles, por enormes, ni siquiera tienen nombre.
Mientras se quede a mi lado, mientras su lengua se derrita en mi humedad, mientras sus manos se cimenten en mi espalda, habrá poesía en mi vida.
Porque eso es lo que es, porque eso, es lo que eres.

jueves 9 de febrero de 2012

Culpable





Yo confieso. Soy culpable. Admito todos los cargos que se me imputan y acepto con agrado mi condena, sea cual sea. Soy culpable de intento de homicidio. Le clavé un puñal en el pecho. Cerca del corazón, muy cerca, tanto, que por un momento, dejé de escuchar sus latidos.Y así fue como también se paró el mío. En todo crimen muere más de una persona, absolutamente en todos permancen las cicatrices, y tarde o temprano, volverán a escocer. Asumo la condena de limpiar, cada día, hasta que se apague mi existencia, esa herida a golpe de lengua. Acepto el “castigo” de poner mi vida en sus manos y llevar el estandarte de su nombre grabado a fuego en mi piel. Ser la abanderada de su vida. Ser todo lo que no he sido, y sueño con ser.
Confieso que derrumbado en el suelo, con el filo del puñal hundido en su carne y el mango apuntando al cielo, entre tanto dolor y tanta sangre, extendió su mano hacia mi. No para defenderse, ni apartarse. Extendió su mano para tomar la mía y confirmarme que a pesar de todo, seguía a mi lado. Esta es la breve historia de cómo la victima salvó, una vez más, a su asesina. Esta es la historia de la asesina que no quiso volver a serlo. Este es el cuento de dos personas heridas que se aman como nadie. Esta es mi confesión, mi declaración de amor, y mi vida. Estos somos nosotros, como siempre, los mejores.
Te amo y te amaré hasta que me muera, a ti, tú, el único que puede entender toda esta mierda. Yo confieso, yo admito, yo pago.Yo, que te amo sin medida.

lunes 30 de enero de 2012

Fragmento de "Bella y oscura", de Rosa Montero.





"...¿No te extraña que no existan los cumplemuertes?-dijo de repente-. Celebramos con mucho empeño el día de nuestro nacimiento, pero la otra fecha más importante de nuestras vidas, que es la de nuestra muerte, la ignoramos por completo. Y, sin embargo, pasamos por ella cada año, atravesamos ese día crítico completamente ciegos e ignorantes, y a lo peor incluso nos aburrimos, y nos irritamos, y perdemos el tiempo, sin saber que ese mismo día, veinte años después, o cinco, o uno, daríamos cualquier cosa sólo por alcanzar la madrugada..."

Réquiem ( Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis )





Mi vida cambió para siempre el día en que me convertí en asesina.
Maté a una persona. Lo juro. Sólo tenía doce años, pero acabé con ella. Su mala suerte fue cruzarse conmigo, el pequeño ángel insidioso en el que estoy segura, pocas veces reparó. Muy frecuentemente nos tropezamos con personas que sin saberlo, ni siquiera sospecharlo, serán fundamentales en nuestra vida. Yo sería la mano que borraría su vida, una especie de casera para la caja de pino en la que, eso espero, por ello rezo, todavía se encuentra su cuerpo, alimentando alimañas nauseabundas, con la cara hecha musgo, y las uñas afiladas, esperando encontrarme en mis sueños. Soy veneno. Yo la maté, pero nadie lo sabe.

Recuerdos de una niñez en la que siempre estuve alicaída, no propiamente por tristeza, sino por ausencia de alas. Pasaba las tardes en el alfar de mi padre, con las manos hundidas en la arcilla, creando, con mi torpeza, seres informes, vasijas sin fondo, juguetes rotos. Volvía a casa con el vestido manchado y el alma y la cabeza llena de nuevos sueños, que nunca se cumplían. Porque yo era la niña buena y obediente que jamás se separaba de papá y mamá, la más lista de la escuela, la puntual, la callada. La buena hija.
Lo que sacaba a mi pueblo de su corrección, de su letargo de honradez y duro trabajo, eran las fiestas de verano. El sábado, el día de la fiesta grande, y por supuesto, sólo una vez al año, mis padres me llevaban de paseo, entre los farolillos y las banderolas, los gritos de los feriantes, el olor a frituras. Me compraban algodón de azúcar, y me dejaban acostar más tarde, escuchando desde mi cama el sonido de la banda de música, soñando con ser otra persona, soñando con ser la niña que baila con los muchachos en el centro de la plaza, y no la pequeña que se arrebuja en su cama de niña correcta abrazada a su muñeca. El orgullo de sus padres.
He olvidado muchas cosas, pero laten con fuerza aún en mi corazón las flores blancas de la algarroba, el aroma del espliego cuando lo desmenuzaba entre mis dedos, la algarada de la feria que se montaba en la explanada. Y ella, mi víctima, el pelo largo, acariciando la cintura, que yo nunca tuve, los pies descalzos, casi obscenamente, el alfanje de plata de sus piernas. Vivía en la aldea aledaña, allí donde moraban los que no tenían nada, allá donde los padres te advierten que no vayas, porque pueden arrancarte el corazón para vendérselo a los ricos, o robarte hasta las braguitas, o echarte maldiciones. Un conjunto de pocas casas en las que habitaban los pobres, los desheredados, los olvidados.
Pero ella era feliz, y a mi me daba envidia. Ella sí bailaba con los chavales del pueblo, decían, incluso, que se los llevaba al río para enseñarles aquello que guardaba bajo el vestido, "eso" que, decía mi madre, era sagrado y nadie, más que mi futuro marido dentro de muchos años, podría ver. Mis vestidos, todos preciosos y caros, bajaban hasta mis pies. Sus telas rotas dejaban al descubierto sus rodillas, las cicatrices que hacían de sus piernas algo aún más deseable. Símbolo de vida, de vivencias, eso eran para mi las cicatrices. Mi cuerpo estaba limpio, como pulido, y yo lo odiaba.
Esa última feria, porque ya jamás volví, mi madre me puso un vestido rosa, y el cabello, todo lazos. Parecía una muñeca, una de tantas como las que dormían estúpidamente sobre mi cama. También las odiaba, y odiaba a mamá por vestirme así, y a papá por sonreirme y aprobar mi vestuario, por repetirme lo buena que era, lo lejos que llegaría. Odiaba la vida cómoda, y por encima de todo, odiaba a esa chica que robaba todas las miradas, que ocupaba todas las bocas. Odiaba su cara, su cuerpo, su vida. Porque quería ser ella, y no yo.
Allí estaba, ignorando ser el centro de atención, bromeando con todos los chicos, agasajada por sus palabras y obsequios. Y yo, desde mi disfraz, invisible para todo el mundo. Porque yo era la niña, y ella, la mujer.
Y bailaba con gracia, al son de la música, moviendo con destreza los pañuelos que rodeaban su cintura, hipnotizando. Rodeada de palmas y risas. Los secretos de la alquimia escondidos bajo su piel.
Mi madre tiró de mi brazo, porque ya era tarde para las niñas buenas, y mi cunita me esperaba. Y allí la dejé, ajena a todo, feliz, mientras yo lloraba llena de rabia, de ira, de odio. Por no ser ella.
Lloré toda la noche, hasta que me llené de fiebre, y entonces lo deseé. Pedí por favor, arrodillada sobre los maderos que conformaban mi suelo, que muriera. Que desapareciera, que sufriera todos los tormentos del infierno, que la fulminara un rayo. Se lo pedí a ese Dios en el que me obligaron a creer, le dije que yo era buena, que ella era un demonio y debía morir. Pero no solo morir, sino sufrir en el proceso. Recé toda la noche, fervientemente, casi con dolor, con furia, hasta que mis padres me encontraron a la mañana siguiente, dormida sobre el suelo, y habiéndome orinado encima. Ardiendo de fiebre.
Estuve en cama mucho tiempo, cerca de un mes, y no dejé de rezar, no para sanarme, sino para que ella muriera.
No volví a cruzarme con ella, pero seguí deseando regularmente su muerte. Y ocurrió, claro que ocurrió porque no faltó un dios al que se lo suplicara. Nadie me lo contó, pero en un pueblo como aquel, todo se acaba sabiendo. Los hombres hablan sin percatarse de que los niños lo escuchamos todo.
La encontraron en el río, desnuda, con la cabeza aplastada por innumerables pedradas. Poco se habló del tema, muchos fueron los que dijeron que se veía venir, pero nadie sabe que fui yo quien la maté. Que yo invoqué a un diablo que salió reptando de debajo de la tierra y machacó su cabeza, su belleza.
Cuando me enteré empecé a temblar esperando el castigo divino, y volví a caer enferma, Mucho tiempo, un año,no lo sé, no sé nada porque desde el día en que me enteré de su muerte, viene a visitarme cada noche. Se para a los pies de mi cama y me sonríe, con los dientes destrozados, una sonrisa silenciosa que me dice que no lo olvida, que lo sabe, que yo la maté. A veces baila para mi, un baile enfermizo y siniestro que consigue hacerme vomitar, por el olor que desprenden los jirones de su ropa de muerta. Mi muerta, que me anuncia que estará a mi lado toda mi vida, esa vida que, aún setenta años después, sigue mermada. Porque no he sido capaz de vivir. Cada vez que intentaba emprender alguna nueva acción, aparecía su cráneo aplastado para recordarme que ella nunca podrá hacer ya nada por mi culpa. Nada más que estar a mi lado, cada noche, porque nos pertenecemos. Soy tan suya, como ella mía. Ahora soy vieja, estoy enferma, pero no muero. No tengo valor para quitarme la vida, y sé que ella no me dejaría. Los muertes pueden hacernos todo lo que quieran, incluso mantenernos con vida. Creo que ella me ha regalado todos los años que yo la quité, y viviré mucho aún, para que podamos estar juntas, para que jamás olvide que soy una asesina. Nunca he sido feliz, nunca he tenido nada, vivo de la caridad de los vecinos, los pocos a los que no les doy miedo, y bajo la lluvia de piedras de los niños que se acercan al grito de "Loca" a la puerta de mi casa. Piedras, como la que yo envié sobre su linda cabeza. No rezo para que la muerte se apiade de mi, y sé que tampoco es solución para nada, porque allí donde vaya, me estarán esperando ella y su danza de la muerte.
Pero acepto todos los años que he sufrido, todos los que me quedan por sufrir. Porque yo la maté, y ella ha de resarcirse cada día observando desde sus cuencas vacías mi sufrimiento.
Amigas para siempre.
Escucho el viento sobre el tejado, las tejas agitarse nerviosas. Su aroma inunda la habitación en la que muero en vida. Y aquí aparece, mi única compañera. Y empieza el baile.

viernes 20 de enero de 2012

Café de noche, por Vincent Van Gogh.




""Esto es lo que aquí llaman -café de noche-...
Los "vagabundos nocturnos" pueden encontrar asilo aquí
cuando no pueden pagarse un alojamiento o cuando están
demasiado borrachos para que los admitan en otro lugar."
"En mi cuadro Café de Noche he intentado expresar
que el café es un lugar en el que uno puede arruinarse,
volverse loco, cometer un crimen.
Finalmente he buscado, a través de los contrastes entre
rosa suave y rojo de sangre y vino, los verdes claros Luis XV y
Veronés en contraste con los verdes amarillentos y los
verdes azulados duros, crear una atmósfera de horno infernal
de azufre desvaído, para expresar el poder de las tinieblas de
un tabernucho." 
 Carta enviada por Vincent Van Gogh a su hermano Theo.

miércoles 18 de enero de 2012

Starry night





"Los cipreses me preocupan siempre (...) me sorprende que nadie los haya pintado todavía como yo los veo. En cuanto a
líneas y proporciones un ciprés es bello como un obelisco egipcio"
Vincent Van Ghog