Mi vida cambió para siempre el día en que me convertí en asesina.
Maté a una persona. Lo juro. Sólo tenía doce años, pero acabé con ella. Su mala suerte fue cruzarse conmigo, el pequeño ángel insidioso en el que estoy segura, pocas veces reparó. Muy frecuentemente nos tropezamos con personas que sin saberlo, ni siquiera sospecharlo, serán fundamentales en nuestra vida. Yo sería la mano que borraría su vida, una especie de casera para la caja de pino en la que, eso espero, por ello rezo, todavía se encuentra su cuerpo, alimentando alimañas nauseabundas, con la cara hecha musgo, y las uñas afiladas, esperando encontrarme en mis sueños. Soy veneno. Yo la maté, pero nadie lo sabe.
Recuerdos de una niñez en la que siempre estuve alicaída, no propiamente por tristeza, sino por ausencia de alas. Pasaba las tardes en el alfar de mi padre, con las manos hundidas en la arcilla, creando, con mi torpeza, seres informes, vasijas sin fondo, juguetes rotos. Volvía a casa con el vestido manchado y el alma y la cabeza llena de nuevos sueños, que nunca se cumplían. Porque yo era la niña buena y obediente que jamás se separaba de papá y mamá, la más lista de la escuela, la puntual, la callada. La buena hija.
Lo que sacaba a mi pueblo de su corrección, de su letargo de honradez y duro trabajo, eran las fiestas de verano. El sábado, el día de la fiesta grande, y por supuesto, sólo una vez al año, mis padres me llevaban de paseo, entre los farolillos y las banderolas, los gritos de los feriantes, el olor a frituras. Me compraban algodón de azúcar, y me dejaban acostar más tarde, escuchando desde mi cama el sonido de la banda de música, soñando con ser otra persona, soñando con ser la niña que baila con los muchachos en el centro de la plaza, y no la pequeña que se arrebuja en su cama de niña correcta abrazada a su muñeca. El orgullo de sus padres.
He olvidado muchas cosas, pero laten con fuerza aún en mi corazón las flores blancas de la algarroba, el aroma del espliego cuando lo desmenuzaba entre mis dedos, la algarada de la feria que se montaba en la explanada. Y ella, mi víctima, el pelo largo, acariciando la cintura, que yo nunca tuve, los pies descalzos, casi obscenamente, el alfanje de plata de sus piernas. Vivía en la aldea aledaña, allí donde moraban los que no tenían nada, allá donde los padres te advierten que no vayas, porque pueden arrancarte el corazón para vendérselo a los ricos, o robarte hasta las braguitas, o echarte maldiciones. Un conjunto de pocas casas en las que habitaban los pobres, los desheredados, los olvidados.
Pero ella era feliz, y a mi me daba envidia. Ella sí bailaba con los chavales del pueblo, decían, incluso, que se los llevaba al río para enseñarles aquello que guardaba bajo el vestido, "eso" que, decía mi madre, era sagrado y nadie, más que mi futuro marido dentro de muchos años, podría ver. Mis vestidos, todos preciosos y caros, bajaban hasta mis pies. Sus telas rotas dejaban al descubierto sus rodillas, las cicatrices que hacían de sus piernas algo aún más deseable. Símbolo de vida, de vivencias, eso eran para mi las cicatrices. Mi cuerpo estaba limpio, como pulido, y yo lo odiaba.
Esa última feria, porque ya jamás volví, mi madre me puso un vestido rosa, y el cabello, todo lazos. Parecía una muñeca, una de tantas como las que dormían estúpidamente sobre mi cama. También las odiaba, y odiaba a mamá por vestirme así, y a papá por sonreirme y aprobar mi vestuario, por repetirme lo buena que era, lo lejos que llegaría. Odiaba la vida cómoda, y por encima de todo, odiaba a esa chica que robaba todas las miradas, que ocupaba todas las bocas. Odiaba su cara, su cuerpo, su vida. Porque quería ser ella, y no yo.
Allí estaba, ignorando ser el centro de atención, bromeando con todos los chicos, agasajada por sus palabras y obsequios. Y yo, desde mi disfraz, invisible para todo el mundo. Porque yo era la niña, y ella, la mujer.
Y bailaba con gracia, al son de la música, moviendo con destreza los pañuelos que rodeaban su cintura, hipnotizando. Rodeada de palmas y risas. Los secretos de la alquimia escondidos bajo su piel.
Mi madre tiró de mi brazo, porque ya era tarde para las niñas buenas, y mi cunita me esperaba. Y allí la dejé, ajena a todo, feliz, mientras yo lloraba llena de rabia, de ira, de odio. Por no ser ella.
Lloré toda la noche, hasta que me llené de fiebre, y entonces lo deseé. Pedí por favor, arrodillada sobre los maderos que conformaban mi suelo, que muriera. Que desapareciera, que sufriera todos los tormentos del infierno, que la fulminara un rayo. Se lo pedí a ese Dios en el que me obligaron a creer, le dije que yo era buena, que ella era un demonio y debía morir. Pero no solo morir, sino sufrir en el proceso. Recé toda la noche, fervientemente, casi con dolor, con furia, hasta que mis padres me encontraron a la mañana siguiente, dormida sobre el suelo, y habiéndome orinado encima. Ardiendo de fiebre.
Estuve en cama mucho tiempo, cerca de un mes, y no dejé de rezar, no para sanarme, sino para que ella muriera.
No volví a cruzarme con ella, pero seguí deseando regularmente su muerte. Y ocurrió, claro que ocurrió porque no faltó un dios al que se lo suplicara. Nadie me lo contó, pero en un pueblo como aquel, todo se acaba sabiendo. Los hombres hablan sin percatarse de que los niños lo escuchamos todo.
La encontraron en el río, desnuda, con la cabeza aplastada por innumerables pedradas. Poco se habló del tema, muchos fueron los que dijeron que se veía venir, pero nadie sabe que fui yo quien la maté. Que yo invoqué a un diablo que salió reptando de debajo de la tierra y machacó su cabeza, su belleza.
Cuando me enteré empecé a temblar esperando el castigo divino, y volví a caer enferma, Mucho tiempo, un año,no lo sé, no sé nada porque desde el día en que me enteré de su muerte, viene a visitarme cada noche. Se para a los pies de mi cama y me sonríe, con los dientes destrozados, una sonrisa silenciosa que me dice que no lo olvida, que lo sabe, que yo la maté. A veces baila para mi, un baile enfermizo y siniestro que consigue hacerme vomitar, por el olor que desprenden los jirones de su ropa de muerta. Mi muerta, que me anuncia que estará a mi lado toda mi vida, esa vida que, aún setenta años después, sigue mermada. Porque no he sido capaz de vivir. Cada vez que intentaba emprender alguna nueva acción, aparecía su cráneo aplastado para recordarme que ella nunca podrá hacer ya nada por mi culpa. Nada más que estar a mi lado, cada noche, porque nos pertenecemos. Soy tan suya, como ella mía. Ahora soy vieja, estoy enferma, pero no muero. No tengo valor para quitarme la vida, y sé que ella no me dejaría. Los muertes pueden hacernos todo lo que quieran, incluso mantenernos con vida. Creo que ella me ha regalado todos los años que yo la quité, y viviré mucho aún, para que podamos estar juntas, para que jamás olvide que soy una asesina. Nunca he sido feliz, nunca he tenido nada, vivo de la caridad de los vecinos, los pocos a los que no les doy miedo, y bajo la lluvia de piedras de los niños que se acercan al grito de "Loca" a la puerta de mi casa. Piedras, como la que yo envié sobre su linda cabeza. No rezo para que la muerte se apiade de mi, y sé que tampoco es solución para nada, porque allí donde vaya, me estarán esperando ella y su danza de la muerte.
Pero acepto todos los años que he sufrido, todos los que me quedan por sufrir. Porque yo la maté, y ella ha de resarcirse cada día observando desde sus cuencas vacías mi sufrimiento.
Amigas para siempre.
Escucho el viento sobre el tejado, las tejas agitarse nerviosas. Su aroma inunda la habitación en la que muero en vida. Y aquí aparece, mi única compañera. Y empieza el baile.